– Monty Ogden

    Español abajo. 

During a professional development workshop at the school in August, Carol asked the teachers, “When do you feel you’re closest to God?” And instantly I saw myself at the porch railing, night after night, flinging my spent coffee grounds into the high grass. Well, you can’t raise your hand and say all that, I thought. For a moment I considered condensing it down to “bringing out the compost” but ultimately kept quiet.

While I was too embarrassed to share that unexpected answer, I think it probably still holds. I often linger on the balcony after I’ve dispersed the coffee, staring out into the near darkness. Maybe I shouldn’t be surprised. Am I not communing with the source of life when I return those grounds to the soil or when I cart my eggshells and vegetable matter over to my neighbor’s compost bin? Meditation reminds us that every moment, regardless of circumstance, is an opportunity to engage, to connect. Food strikes me as special case, however, for which the opportunity to connect is especially rich. Nevertheless, it’s also an opportunity I often miss.

In recent years, I’ve tried to bring both mindfulness and my passion for environmentalism into my English classes more and more. One piece that has proven especially useful for helping young people to think about food and gratitude is Li Young Lee’s poem “From Blossoms”. The first few stanzas read:

From blossoms comes
this brown paper bag of peaches
we bought from the boy
at the bend in the road where we turned toward 
signs painted Peaches.

From laden boughs, from hands,
from sweet fellowship in the bins,
comes nectar at the roadside, succulent
peaches we devour, dusty skin and all,
comes the familiar dust of summer, dust we eat.

O, to take what we love inside,
to carry within us an orchard, to eat
not only the skin, but the shade,
not only the sugar, but the days, to hold
the fruit in our hands, adore it, then bite into 
the round jubilance of peach.

“What would it mean,” I like to ask students, “for us to think in this way with every bite we take throughout our lives?” The truth is that many of us are divorced from the processes by which our food arrives on our grocery store shelves, know nothing about the hands that have passed it toward our kitchens. This feels especially problematic when it comes to eating animals (and the goods they produce). What do we see when we replace Li Young Lee’s peach with a bite of meat?

Ultimately, I don’t know if the killing of animals for food is always wrong or inherently an unloving act–in lieu of an absolute answer, I have chosen a vegetarian diet (with very few exceptions). But I do believe that divorcing ourselves from the processes that make our food possible, especially when it involves killing or factory farm production, is a problem. We are closer to God, whatever she may be, when we remove the walls that impede us from engaging with the sources of life that nourish us. Those walls are various. They are, at times, the monetary transactions that substitute for gratitude, or the trucks that transport our trash to hidden craters in the earth. The physical distance that global food networks put between the farm and table is hard to overcome. But it would be a failure of imagination not to try.


Durante un taller de desarrollo profesional en la escuela en agosto, Carol preguntó a los profesores: “¿Cuándo te sientes más cerca de Dios?”. Y al instante me vi en la barandilla del porche, noche tras noche, arrojando los residuos de café en la hierba alta. Bueno, no puedes levantar la mano y decir todo eso, pensé. Por un momento pensé en condensarlo para “sacar el compost”, pero al final me quedé callado.

Estaba demasiado avergonzado para compartir esa respuesta inesperada, pero siento que la respuesta no ha cambiado. A menudo me quedo en el balcón después de haber dispersado el café, mirando hacia la oscuridad cercana. Tal vez no debería sorprenderme. ¿No estoy comunicándome con la fuente de la vida cuando devuelvo esos terrenos al suelo o cuando llevo mis cáscaras de huevo y materia vegetal al compostaje de mi vecino? La meditación nos recuerda que cada momento, independientemente de las circunstancias, es una oportunidad para participar, para conectarnos. La comida me parece un caso especial, sin embargo, para la cual la oportunidad de conectar es especialmente rica. No obstante, también es una oportunidad que a menudo pierdo.

En los últimos años, he tratado de incluir la atención plena y mi pasión por el ecologismo en mis clases de literatura cada vez más. Un texto que se ha demostrado ser especialmente útil para ayudar a los jóvenes a pensar acerca de la comida y la gratitud es el poema de Li Young Lee “De los capullos”. Las primeras tres estrofas dicen:

De los capullos viene
esta bolsa de papel marrón de melocotones
que compramos al chico
en la curva de la carretera donde nos dirigimos
hacia rótulos pintados:  Melocotones.


De ramas cargadas, de manos,
de la comunión dulce en los contenedores,
viene el néctar en la carretera, suculento
melocotones que devoramos y toda la piel polvorienta,
llega el polvo familiar del verano, el polvo que comemos.


O, para llevar lo que amamos adentro,
llevar dentro un huerto, comer
no solo la piel, sino la sombra,
no solo el azúcar, sino los días, para sostener
la fruta en nuestras manos, adorarla,
morder el júbilo redondo de melocotón.

“¿Qué significaría,” me gusta preguntar a los estudiantes, “¿pensar de esta manera con cada bocado que damos a lo largo de nuestras vidas?” La verdad es que muchos de nosotros estamos divorciados de los procesos por los cuales nuestra comida llega a los estantes de los supermercados, no se sabe nada acerca de las manos que lo han pasado hacia nuestras cocinas. Esto se siente especialmente problemático cuando se trata de comer animales (y los derivados que producen). ¿Qué vemos cuando reemplazamos el melocotón de Li Young Lee con un bocado de carne?

En última instancia, no sé si creo que la matanza de animales para la alimentación es siempre injusta o inherentemente un acto sin amor–en lugar de una respuesta absoluta, he elegido una dieta vegetariana (con muy pocas excepciones). Pero sí creo que divorciarnos de los procesos que hacen posible nuestra comida, especialmente cuando se trata de la matanza o de la producción en una finca industrial, es un problema. Estamos más cerca de Dios, sea lo que sea, cuando eliminamos los muros que nos impiden relacionarnos con las fuentes de la vida que nos nutren. Esos muros son varios. Son, a veces, las transacciones monetarias que sustituyen la gratitud, o los camiones que transportan nuestra basura a los cráteres ocultos en la tierra. La distancia física que las redes mundiales de alimentos ponen entre la finca y la mesa es difícil de superar. Pero sería un fracaso de la imaginación no intentarlo.


Lee, Li-Young. “From Blossoms.” Rose. Rochester, NY: BOA Editions Ltd., 1986. 21. Print.