by Tim Lietzke

Recently during worship Lucky offered a message in which she distinguished between “being silent” and “entering into the silence”. I have pondered the difference, and especially the meaning of the latter. Being silent seems clear enough–to stop talking, and perhaps also to stop thinking, and thus to stay attentively open to what is. Entering into the silence is another matter. First, it seems necessary to acknowledge that the one entering into the silence must have been either out of the silence beforehand or not consciously there. Being silent is the preliminary step to entering into the silence. Perhaps “the silence” is one way of expressing the Ground of all being, the creative force of the universe, the presence of God or at least the medium through which the divine presence is known. The silence is what was before all we know was, before the unfolding of the creation from the quantum dimension, beyond time and space. Taken as such, to enter into the silence is to enter the primordial, undifferentiated state of pure Being, if only briefly, leaving behind, as it were, our contingent beings. Let me not be presumptuous here; maybe this state is only that of the brain wave patterns of deep meditation or sleep.

In any case, we grope inadequately, and perhaps mistakenly, for language to describe spiritual states. I won’t try to dilate further on this, but simply recommend entering into the silence ever and again throughout our daily lives. There is so much in the world that is disconcerting, so much to throw us off center. Note how in the course of conversations and events we can easily become emotionally distraught. Entering into the silence anew re-centers us and enables the loving response to what is.

This latter assertion does need elaboration. Augustine suggests that humans are by nature good (and so too is the rest of creation) but fall into evil by virtue of our wills causing us to desire inordinately something (It can be anything.) that is less than the supreme good, that is to say, God. This turning from the supreme good to lesser goods others call idolatry, a more subtle form than the old idolatry of worship of images. Inordinate attachment robs us of our freedom and leads us into ways of living–some habitual, some sporadic, most of seemingly insignificant consequence from the individualistic point of view, others of obviously destructive consequence–that conduce to the sort of world in which we live today. If this be true, it is incumbent upon us to ponder from time to time whether our desires and attachments have become misplaced or inordinate, and thus harmful to ourselves and to the life community of planet Earth. In the silence then we may find ourselves accepted and being made whole and the freedom-robbing power of thoughts, actions, and ways of living based on inordinate desires and attachments loosened. Freedom comes in entering into the silence again and again until it becomes habitual in our daily lives and is experienced as nothing less than coming home.

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Entrar en el Silencio

Escrito por Tim Lietzke

Recientemente durante el culto Lucky ofreció un mensaje en el cual distinguió entre “estar silencioso” y “entrar en el silencio”. He pensado en la diferencia, y especialmente en el significado del último. “Estar silencioso” parece bastante claro–dejar de hablar, y tal vez también dejar de pensar, y por eso quedarse atentativamente abierto a lo que esté. “Entrar en el silencio” es cosa aparte. Primero, parece necessario admitir que uno que está entrando en el silencio tenía que haber estado afuera del silencio antes o no conscientemente allá. “Estar silencioso” es la etapa preliminar para entrar en el silencio. Acaso “el silencio” es un modo de expresar la fundación de toda existencia, la fuerza creativa del universo, la presencia de Dios o al menos el medio a través de que la presencia divina está conocida. El silencio es lo que fue antes de todas las cosas que conocemos fueran, antes del despliegue de la creación desde la dimensión quantum, fuera del tiempo y espacio. Tomado así, “entrar en el silencio” es entrar en el estado primordial y indiferenciado de existencia pura, aun si sólo brevemente, dejando atrás, por así decirlo, nuestras existencias contingentes. Déjame no estar presuntuoso en este; quizá este estado es sólo eso de los patrones de las ondulaciones cerebrales de la meditación fonda o de súeño.

En todo caso, andamos a tientas inadecuadamente, y acaso equivocadamente, para las palabras que pueda describir los estados espirituales. No trataré de dilatar más sobre esto, pero simplemente recomendar que entremos en el silencio de nuevo y de nuevo durante todo el día. Hay tan mucho en el mundo que está desconcertante, tan mucho que nos lanza de nuestros centros. Note cómo en el curso de las conversaciones and acontecimientos podamos fácilmente llegar a ser turbados. Entrar en el silencio de nuevo nos recentra y capacita la respuesta amorosa a que esté.

Esta última aseveración necessita explicación. Augustino sugiere que los humanos son por naturaleza buenos (y así también es el resto de la creación) pero caen en la maldad en virtud de que nuestras voluntades nos causan a desear inmoderadamente alguno (Puede ser cualquier cosa.) que es menos que el bueno supremo, es decir, Dios. Este viraje del bueno supremo a los buenos menores otras personas llaman idolatria, una forma más sutil que la idolatria vieja del culto de imagenes. El apego inmoderado nos roba nuestra libertad y nos induce en vias de vida–algunas habituales, algunas esporádicas, la mayoría de consecuencias aparentemente insignificantes del punto de vista individual, otras de consecuencia obviamente destructiva–que conducen al tipo de mundo en el cual vivimos ahora. Si esto es verdadero, es necessario que examinemos de vez en cuando si nuestros deseos y apegos han llegado a ser otorgados indebitamente o inmoderados, y por consiguiente perjudiciales a nosotros y a la comunidad de la vida de la Tierra. En el silencio, entonces, podemos encontrarnos aceptados y estando hecho enteros mientras el libertad-robando poder de pensamientos, acciones, y vias de vida basadas en inmoderados deseos y apegos se aflojan. La libertad viene por medio de entrar en el silencio de nuevo y de nuevo hasta que llegue a ser habitual en nuestras vidas diarias y es experimentado como nada menos que venir a hogar.